Y
Peter Chamberlain, el piloto de carreras, ganó el mismo día un
campeonato mundial y 20 dólares en billetes de cinco.
***
—Gracias
a ustedes por el esfuerzo. Sin su ayuda no hubiese podido lograrlo.
—Dijo un embriagado en gloria Peter a su ingeniero en jefe—.
Luego
Peter buscó entre la la creciente multitud aglomerada en el pequeño
espacio de los pits a su mujer y la besó en la boca en un cándido
momento de cariño.
Se
subió a la balanza aún demasiado emocionado y justo después de
felicitarle, el juez de carrera le pidió compostura al piloto para
poder tomar una lectura válida de su peso. Luego de anotar el
resultado, asintió. Peter devolvió el gesto a la vez que le daba
una pequeña palmada en el hombro e intentaba acomodarse el incómodo
casco debajo su otro brazo, inclinando el borde de su torso para
impedir que este continuara resbalando por la superficie de su
colorado traje de carreras.
El
otro par de pilotos que conformaban el podio conversaban distendidos
a un lado de la sala sin siquiera prestar atención a sus
alrededores. Compartían opiniones sobre alguna maniobra de la
carrera o al menos eso se deducía de los gestos de uno de ellos, que
con sus manos simulando un volante de bólido le contaba algún
tecnicismo en jerga de pilotos mientras el otro le escuchaba
atentamente y sin parar de beber copiosamente de su botella de agua.
Fue
una carrera agobiante, tensa y sin muchos adelantamientos, algo
monótona inclusive si no se estaba involucrado directamente en la
misma. El número de abandonos reafirmaba la dificultad famosa de la
que hacía gala el circuito entre los competidores; la cual se
incrementa terriblemente si además se le agregaban al calculo de
plausibilidad las condiciones climáticas desfavorables que se
presentaban improbables para toda esa semana de pruebas y
competiciones en el circuito.
***
Peter
lo supo desde el instante en el que, desde su séptima casilla de
salida, notó los cúmulos grises que se formaban a lo lejos desde uno
de los flancos de su casco; luego de sacarse uno de los guantes
terminó de cerciorarse con la palma de su mano desnuda lo que ya
comenzaba a sentir alrededor de las cuencas de sus ojos de su visor
abierto. Peter tenía un instinto especial para esas cosas. Solo
quedaba demostrarlo por primera vez en la temporada a sus nuevos
compañeros de equipo.
—Preparen
los anfibios y los paraguas, que se viene diluvio.
—¿De
qué demonios hablas, Pete?. El cielo está casi despejado y... —Se
escuchaba el sonido achicharrado de la voz transmitida por radio y
con notable acento británico retumbar por el pequeño auricular
colocado en uno de los oídos del piloto— y no hay previsión de
lluvia en el satélite. —Dijo el ingeniero de carreras luego de
tomarse un par de segundos en silencio para verificar en una de las
tantas pantallas de monitores embotados uno al lado del otro en la
cabina de telemetría de la escudería—.
—¿Que
tal una apuesta?, 20 dólares si tengo razón, 40 si tú aciertas…
¿Qué dices?. —Exclamó el piloto mientras se tomaba el tiempo para
otorgarle una mirada furtiva a las largas piernas trigueñas de la
lozana modelo que sostenía, claramente fastidiada, su sombrilla en
la grilla de salida—.
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