20 dólares





Y Peter Chamberlain, el piloto de carreras, ganó el mismo día un campeonato mundial y 20 dólares en billetes de cinco.

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—Gracias a ustedes por el esfuerzo. Sin su ayuda no hubiese podido lograrlo. —Dijo un embriagado en gloria Peter a su ingeniero en jefe—.


Luego Peter buscó entre la la creciente multitud aglomerada en el pequeño espacio de los pits a su mujer y la besó en la boca en un cándido momento de cariño.


Se subió a la balanza aún demasiado emocionado y justo después de felicitarle, el juez de carrera le pidió compostura al piloto para poder tomar una lectura válida de su peso. Luego de anotar el resultado, asintió. Peter devolvió el gesto a la vez que le daba una pequeña palmada en el hombro e intentaba acomodarse el incómodo casco debajo su otro brazo, inclinando el borde de su torso para impedir que este continuara resbalando por la superficie de su colorado traje de carreras.


El otro par de pilotos que conformaban el podio conversaban distendidos a un lado de la sala sin siquiera prestar atención a sus alrededores. Compartían opiniones sobre alguna maniobra de la carrera o al menos eso se deducía de los gestos de uno de ellos, que con sus manos simulando un volante de bólido le contaba algún tecnicismo en jerga de pilotos mientras el otro le escuchaba atentamente y sin parar de beber copiosamente de su botella de agua.


Fue una carrera agobiante, tensa y sin muchos adelantamientos, algo monótona inclusive si no se estaba involucrado directamente en la misma. El número de abandonos reafirmaba la dificultad famosa de la que hacía gala el circuito entre los competidores; la cual se incrementa terriblemente si además se le agregaban al calculo de plausibilidad las condiciones climáticas desfavorables que se presentaban improbables para toda esa semana de pruebas y competiciones en el circuito.

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Peter lo supo desde el instante en el que, desde su séptima casilla de salida, notó los cúmulos grises que se formaban a lo lejos desde uno de los flancos de su casco; luego de sacarse uno de los guantes terminó de cerciorarse con la palma de su mano desnuda lo que ya comenzaba a sentir alrededor de las cuencas de sus ojos de su visor abierto. Peter tenía un instinto especial para esas cosas. Solo quedaba demostrarlo por primera vez en la temporada a sus nuevos compañeros de equipo.


—Preparen los anfibios y los paraguas, que se viene diluvio.


—¿De qué demonios hablas, Pete?. El cielo está casi despejado y... Se escuchaba el sonido achicharrado de la voz transmitida por radio y con notable acento británico retumbar por el pequeño auricular colocado en uno de los oídos del piloto— y no hay previsión de lluvia en el satélite. —Dijo el ingeniero de carreras luego de tomarse un par de segundos en silencio para verificar en una de las tantas pantallas de monitores embotados uno al lado del otro en la cabina de telemetría de la escudería—.


—¿Que tal una apuesta?, 20 dólares si tengo razón, 40 si tú aciertas… ¿Qué dices?. —Exclamó el piloto mientras se tomaba el tiempo para otorgarle una mirada furtiva a las largas piernas trigueñas de la lozana modelo que sostenía, claramente fastidiada, su sombrilla en la grilla de salida—.

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